Locales | Otra mirada
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Política: Mayorías obsecuentes
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Escribe Omar Bello
¿Qué pasaría con este diario si todos los que trabajan en él se vieran obligados a decirme “sí”? En los últimos años, las mayorías políticas se convirtieron en un ejército de obsecuentes que no piensan por sí mismos. En caso de que el “jefe” quiera una ley, sólo la “baja” y termina promulgada. Todos sabemos que en la vida real semejante nivel de consenso resulta imposible; más aún, personas que piensan igual un día pueden hacerlo distinto al otro, especialmente porque los temas y las necesidades de la población van variando y el estado de conciencia muta.
El lunes pasado, Jorge Fontevecchia, director de editorial Perfil, ingresó a la Academia Nacional de Periodismo con una ceremonia que se realizó en el salón Borges de la Biblioteca Nacional a la que acudieron distintas personalidades de la cultura y el quehacer nacional. Su discurso de “presentación” fue netamente filosófico, y giró en torno a la crisis de la profesión periodística. Resumiendo, aseguró que todo lo que conocemos acerca del periodismo no sólo puede ser puesto en duda, sino que probablemente cambie en los próximos años. Dio muchas razones para justificar esa posición, aunque la más notoria fue el impacto que tendrán las nuevas tecnologías que, en términos evolutivos, aún están en pañales.
Mi profesión de base, la publicidad, fue pionera en eso de entrar en crisis. A partir de la década del ochenta, ni bien se popularizó el control remoto, la “sagrada” tanda dejó de reinar y los publicitarios no supimos (y todavía no sabemos) cómo procesar ese golpe mortal. Teníamos al consumidor “atado”, y de golpe se escapó con un aparatito que le permite borrar de un plumazo el producto de nuestro esfuerzo. Llevamos treinta años y a decir verdad, la llegada de Internet empeoró las cosas. ¿Cómo cobrarle a un cliente si le ponemos a la pieza publicitaria un cartelito que dice para saltear este aviso apriete “acá”?
Pero la lección más interesante que dejó Fontevecchia giró alrededor de los cambios en la política. Citando a distintos pensadores señaló: “Hoy por hoy, el sentido de la política cambió por completo. ¿Su meta? Aumentar la permanencia en el poder”. Es decir, ya no es el arte de lo posible ni la persecución del bien común. La forma de medir a un buen político es ver cuánto tiempo soporta en su sillón. Si se fijan, todas las acciones de los funcionarios van en esa dirección. En Junín importa la permanencia de Meoni, y a nivel nacional, la de Cristina o su troupe. Me pareció muy interesante porque los ciudadanos comunes no estamos pensando en eso y, a decir verdad, parecemos sentirnos seguros con tales movidas eternas.
El problema es que la durabilidad está muy cerca de las monarquías y las dictaduras. Ya no elijo a mis compañeros de fórmula debido a que piensan parecido a mí, sino por su capacidad de sostenerme en el puesto. O sea, lacayos bien entrenados que esquivan pensar por sí mismos. De ahí que la calidad de la clase política haya caído tanto: Yo te doy un puesto, vos me respondés con una catarata de aprobaciones. ¿Y el disenso? Te lo debo.
Creo que, en función de lo que está pasando en Junín y el país, destacar ese punto resulta clave. ¿Por qué? Porque si nos damos cuenta de la perversidad de la jugada (y no hay que ser muy perspicaces), vamos a usar nuestro voto de una manera diferente. ¿Cómo? Para evitar que esta tendencia se afiance y nos devuelva a la edad media o algo peor. Quizá, en democracias jóvenes como las nuestras, la única solución pase por oponerse a que los funcionarios se eternicen, y a partir de ahí construir todo lo demás que, seguro, no será con gente incapaz de pensar por sí mismos, y que sólo responden a la caprichosa voz del amo.
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